sábado, 20 de octubre de 2007
Cuento
" Nadie se entero de la muerte del enano, ni lo echaron de menos, solo a él le afecto un poco, estuvo reacio a aceptar que el enano se había ido, sospechaba que algo le había pasado pero por la desidia, tal vez a causa de sus años, no intento indagar, solo yo supe las causas de aquella muerte. Él, don José Rodríguez, era pues el típico anciano, encorvado a causa de la edad, cabello blanco, rostro consumido, postrado casi todo el día en su sillón, empedernido por su limpieza y sus ideales plagados de moralismo absurdo, ideales que le impulsaban hacia un mundo perfecto, el socialismo según él -siempre me pregunté que sería eso, aún ahora no lo sé- . Su vida transcurría en su pequeño cuarto que tenia una vista hacia una avenida del centro de lima, vista gris. Era jubilado ya, con sus seiscientos soles que recibía al mes le bastaba para pagar el alquiler de su pocilga y pagar la pensión a la caserona, dueña de la “lujosa mansión”, doña pancha. Los días de don José trascurrían en sus caminatas diarias hacia al puesto de periódico que quedaba a dos cuadras de su pocilga. Antes no era así, le encargaba esta encomienda a martín, que era un enano sin una pierna -la perdió a causa del ataque de un perro pitbull, mientras veía la fiereza de este matando a un gato y luego tempestuosamente se le abalanzo encima destrozándole la pierna-. El enano andaba con una muleta y daba saltitos para avanzar era muy gracioso verlo moverse, yo me reía sin reparo alguno delante de él rascándome la cara y dando vueltas, creo que nunca se entero que me burlaba de él pero hasta ahora tengo la sospecha que si se daba cuenta, mas solo atinaba a mirarme algo confundido para luego sacudir la cabeza e irse. Este enano dormía afuera de la pocilga en medio de unos cartones y con la limosna que recolectaba por la mañana le alcanzaba para comprarle a doña pancha un plato de comida, también le hacia favores a don José, como comprarle todos los días su periódico o recordarle que era la quincena del mes, para que cobre su mísero sueldo -como decía el don- o lustrarle sus zapatos o conseguirle flores en el parque de la vuelta. El enano le era de mucha utilidad a don José , y este le pagaba sus favores con los desechos de comida que le quedaban en su despensa, recuerdo que le tiraba desde su ventana panes que cuando el enano no la achuntaba rebotaban dos cabezas por encima de el, también le daba latas de atún que estaban pasadas, creo que el enano nunca lo descubrió pues lo comía con prontitud, yo si lo notaba porque tengo buen olfato, una vez note que le arrojaba una bolsa pequeña, me acerque para ver que era y vi que el enano sacaba de esta una serie de huesos de diferentes formas, los cuales los chupaba deleitándose, yo lo miraba con recelo. El final de este enano fue trágico, en un día con mucha neblina mientras se dirigía a laborar a la puerta de un centro comercial del centro de lima –a pedir limosnas claro está- no se percato que habían quitado la tapa que cubre los desagües que viajan por debajo de las autopistas -la verdad fue que un grupo de forajidos que paraban sentados en el parque de la vuelta la habían robado la noche anterior- el enano cruzo la pista en luz verde pues noto que el ómnibus mas cercano estaba a una distancia que le daba chance para poder cruzar, y así lo hizo, cruzó presurosamente, y sin darse cuenta se encontró de súbito con la zanja sin darle tiempo para reaccionar se le hundió el bastón luego se fue de mitra al piso, se rompió la frente, pero aun estaba conciente, luego su chato y amorfo cuerpo se escurrió por la zanja sin dificultad, el enano logro sujetarse con una mano y pedía ayuda a gritos, siniestros en verdad –típicos de la desesperación- nadie lo escuchó; el chofer del ómnibus que se acercaba a la zanja a gran velocidad no se percato ésta, pero en una maniobra digna de un experto logro evadirla “con las justas” y salvo de un accidente seguro a sus pasajeros, pero esto no le fue favorable al enano, pues la llanta del enorme ómnibus le rompió los dedos y el enano fue a caer al fondo del desagüe, que estaba dominado por temerarias corrientes de agua plagadas de mugre, basura y mierda a doquier. Don José no solía salir mucho de su cuarto, cuando el enano vivía solo salía para ir a cobrar o a veces una que otra salida no planeada, pero esto sucedía “una vez a las quinientas”. No tenía amistades, y nadie sabía mucho de su pasado, creo que a nadie le importaba la mísera vida de aquel anciano, “con las justas” le confesó a doña pancha que era un profesor jubilado, y esto fue para que le alquilase la pocilga, a doña pancha no le interesaba la vida del anciano, con tal de que se mantenga al día con la renta. Doña pancha era una negra vieja y gorda, desaliñada, de un trato vulgar, dueña de la pocilga que albergaba a tres inquilinos esto fue lo único que heredo de su esposo pues ni siquiera tuvieron hijos -Este sujeto era un comerciante del mercadillo mas popular de la zona, la parada, llegaba a casa todos los días ebrio y apestando a trago barato -y a veces ensuciado sus pantalones con su mismo excremento- y le daba tremenda “gomeada” a doña pancha sin darle mayores explicaciones, un día de esos cuando este sujeto regresaba a casa para cumplir con su rutina un grupo de maleantes lo intercepto y al encontrar resistencia en este, le llenaron de huecos con sus “puntas”, ese fue su final. Doña pancha no soltó ni una lagrima en el pequeño funeral que le hicieron en la pocilga, pero creo que le afecto, no por amor sino mas bien fue rabia, rabia al sentir que iba a terminar sus días sola, en la absoluta indiferencia e inmisericordia por su vida-. Aunque don José y doña pancha no tenían nada en común mantenían un trato cordial pues ambos se necesitaban. Tras asimilar la repentina desaparición del enano don José comenzó a salir más de su cuarto, ya era común verlo pasar todos los días por la mañana a una hora fija rumbo al puesto de periódico, siempre pulcro: con camisa, saco y el infaltable sombrero. Un día de esos, en el cual estaba de tan buen ánimo que decidió leer su periódico en el parque, nos conocimos pues decidí seguirlo -cosa que hago siempre-. Se sentó en una de las pocas bancas que quedaba en el parque pues las demás fueron destruidas por vándalos que las partían para conseguir “rocones” que le rompieran la cabeza al enemigo. Cuidadosamente me le acerque y me senté a su costado, ni siquiera me miro pero hablo en voz alta “este país sigue de cabeza” yo solo me limite a mirarlo, luego súbitamente volteó y me quedo mirando un buen rato sin pronunciar palabra alguna , me hizo un gesto que no entendí y volvió a leer su periódico, como noto que no me había ido me volvió a mirar, pero esta vez me ofreció algo de comer, no recuerdo que era pero como tenia hambre lo acepté, luego se levantó y se fue sin despedirse de mí. A partir de ese día iba paulatinamente al parque, hasta que al final lo veía todos los días en esa banca a la misma hora, comenzamos a tener más confianza y cuando me le acercaba comenzaba con su monólogo que duraba un buen rato. Me contaba: “los tiempos ya no son como antes, no ya no amigo, ya nadie se preocupa por la educación, ahora todos solo piensan en tener dinero y tener goces efímeros, en pasarla bien, en gozar al máximo la vida porque su consigna es que solo se vive una vez, cuando eso no es lo correcto, lo correcto es ser una persona con principios, con valores morales, una persona justa…”. Yo solamente lo miraba, parecía que le agradaba mi compañía pues se sentía a gusto con alguien que no le refutara sus ideas, yo siempre callo, yo solo escucho. Nos volvimos muy buenos amigos, me invito a su casa, lo seguí presurosamente hasta que llegamos. Su aposento era un caos, lleno de periódicos que no cabían en sus improvisados armarios, construídos con cajas de cartón, y yacían tirados por todo el suelo, junto con ropas sucias, restos de comida y decenas de uñas cortadas, en ese momento no sabia que hacer, pero él me señalo el sillón, lo mire tímidamente pues no entendí bien que me quería decir señalándome aquel sillón hasta que dijo “anda, siéntate” con algo mas de confianza me dirigí a aquel desparpajado mueble y me acurruque en él. después de mucho tiempo que estaba recostado en algo suave, luego me ofreció algo de comer y vimos un buen rato la televisión, la noche apareció de repente y el anciano se paro de su silla dio vuelta hacia mi y con una sonrisa en la cara –como esas sonrisas de satisfacción que das cuando estas en paz, o por lo menos piensas que lo estás- me dijo algo que nunca nadie me lo había dicho antes: “a partir de hoy vivirás conmigo” y me froto la cabeza mientras yo apoyaba mi rostro en ese viejo sillón y lentamente me rendía ante los encantos del sueño. Olvidaba decirte que yo soy ese perro que anda por las calles buscando sobrevivir, buscando donde poder descansar, ese perro mudo, callado, golpeado por la indiferencia, el que muchas cosas ve, pero calla, callo porque no las puedo expresar, callo porque nadie me puede escuchar, porque nadie me puede entender, soy ese perro que te mira con ternura cuando nos cruzamos por una acera mientras tu me demuestras tu rechazo mirándome con desprecio y apartándote lo más lejos de mí, soy ese perro que llora de noche, lloro por tu indiferencia, lloro porque nunca nadie me da una caricia. Pero a pesar de ello me enamoro rápido, muy rápido de esas personas que me brindan tan solo un poco de su afecto."
The Maik
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